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La Escuela Primaria.com
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1 - La escuela que he vivido: como maestro y como alumno. Título de la colaboración: De una escuela sin
luz y con un pizarrín de la Alpujarra, a la escuela de la España rica. Un salto
en el tiempo. Una culebra (mal empezamos) El primer recuerdo que tengo de la escuela, digno de ser contado, es el de una culebra enroscada en un agujero de una viga de madera en el techo del cuarto que hacía la vez de escuela. No es un sueño, o al menos eso me parece a mí. Creo que tan asustado y petrificado me quedé con aquella visión que no pude articular palabra y sospecho que sería el maestro quien me sacaría de mi letargo aterrorizado. Verídico, alguna vez he pensado que podría tratarse de un sueño infantil, pero estoy convencido que fue realidad porque permanece intacto en mi memoria la visión de aquel gran ofidio en el techo de un cuarto viejo y pequeño que el Ayuntamiento de Juviles habría habilitado para escuela y me parece que es verdad el suceso porque de aquella escuela sólo recuerdo este hecho fantástico. También recuerdo de ella que tenía dos ventanas que daban al antiguo cementerio del pequeño pueblo alpujarreño y yo estaba sentado en unas bancas antiguas al final de la habitación-escuela, con el sol entrando por las ventanas. Todo ese mismo día, el día de la culebra. Corrían los oscuros años 1957-58 y el pueblo estrenó escuelas y cementerio. Del cementerio nuevo recuerdo el inmenso primer hoyo para enterrar al anciano y muy venerable Justo Fernández, patriarca de la familia de los Fernández, diez hermanos, que ellos solos hubieran podido hacer crecer el pueblo a no ser por la desbandada de todos en la emigración de los años 60. Ahora queda un solo Fernández residente en el pueblo, con 70 años, hijo de aquel abuelo y precisamente cuñado mío. Otros hermanos vuelven a sus orígenes los veranos y airean las casas que se han construido en el pueblo con los ahorros de las muchas horas extraordinarias en las fábricas y en las obras de Pamplona y Barcelona. El hoyo de Justo, el primer difunto del cementerio nuevo, era inmenso, o eso le parecía a un chaval de 6 años. Tres metros de profundidad, una leyenda de sepultura que se sigue recordando en la memoria colectiva. Era costumbre, cuando moría alguien cada dos o tres meses -todo un acontecimiento- que la mayoría de los mozos de Juviles -diez o quince- se reunieran en el cementerio para excavar el agujero al finado. Era como un deber colectivo y también como un día de fiesta. Los jóvenes en el cementerio bebían abundante vino comían bacalao. No mentar la carne ese día. La importancia y la influencia del enterrado se medía por la cantidad de mozos que acudían a "cavar" y por lo hondo del agujero. Pero el primer enterrado en el nuevo cementerio, el del Sr. Justo, o Justo el de Vicenta, se llevó la palma según las crónicas orales. Recuerdo subirme aterrorizado al montón de tierra junto al foso y comprobar la inmensidad de su hondura, con dos mozos en el fondo, uno picando y otro llenando espuertas terreras que subían con sogas los jóvenes de arriba y que cada cierto tiempo se turnaban con los de abajo. Todo un ritual que los chaveas explorábamos a pesar de las regañinas de los mayores. El maestro de aquella habitación-escuela se llamaba Don Lorenzo. Era un mozo casadero, tocaba el violín y estaba cojo. El hazmerreír de los demás mozos del pueblo, que se tenían la oportunidad de burlarse de alguien que les aventajaba en posición social. Incluso hacían chanza de su violín al que llamaban "Don Lorenzo y su bacalao", pero al que llamaban para que les tocara en los bailes que podían organizar clandestinamente, a espaldas del cura, que era quien mandaba en Juviles, un pueblo de 500 habitantes en pleno franquismo de los años 50. Y Don Lorenzo tacaba en los bailes, bailar podía menos, pero al final se casó con una moza del pueblo. Después lo he visto envejecer porque se quedó de maestro en la Alpujarra, en Válor, el de Aben Humeya. Como maestro mío no tengo muy buen recuerdo de él, los castigos físicos eran frecuentes en aquella escuela, hay que ponerse en el contexto de la época. Creo que sólo aprendí las vocales y los primeros números en su clase. Se marchó pronto, aunque volvía al pueblo a menudo, primero a ver la novia, María la Barbera, la hija del barbero, y después, una vez casados. No tuvieron hijos y me arrepiento de no haber tenido una charla larga y tendida sobre la escuela de aquel tiempo. Seguramente habría despejado muchos por qués. El caso es que se marchó y estrenamos escuela y maestro. Las Escuelas La nueva escuela. Bueno, "escuelas", como le decíamos al conjunto de dos aulas, una para niñas y otra para niños; y dos casas de maestros, una para el maestro y otra para la maestra; y el patio que ocupaba el lugar o el sitio de la era Hondera, donde se habían trillado desde siempre las parvas de trigo, cebada, lentejas y yeros. Las escuelas eran hasta ese momento los edificios más consistentes del pueblo. Estaban construidas con cemento y ladrillos en vez del mortero de cal y arena, o de simple barro y piedras con que estaban hechas las demás casas y con vigas de cemento en vez de las de madera de álamo, fresno o almez con que se construía entonces (la viga de la culebra y la famosa Viga de Ohanes -léase este relato que no tiene desperdicio-). Las más consistentes excepto la iglesia que está en pié desde el siglo XVII, y las escuelas, después de 40 años han empezado a resquebrajarse. Las escuelas tardaron un par de años en construirse. Recuerdo las obras y los albañiles y los correteos de los chavales por entre los materiales, pero rememoro sobretodo el día que llegó el camión con los pupitres: flamantes escritorios para dos alumnos con sus sillas integradas que no se podían correr ni para atrás ni para adelante y con dos agujeros que luego supimos que eran para los tinteros. Todo un lujo. Y el maestro, Don Antonio de la Torre Cohínes, el mejor maestro que he visto a lo largo de mi vida profesional, y mira que he conocido maestros. O quizás lo tenga agrandado en mi imaginación. De todas formas es una suerte dar con un docente como él, allá en la sierra, perdidos de la mano de Dios. Si no hubiera sido por él, yo no estaría ahora escribiendo estas impresiones sobre la escuela. Continuará...
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